Los pacientes con este síndrome, descubierto a finales del siglo XIX por Jules Cotard, están convencidos de que están muertos, o de que no existen, y en ocasiones se dejan morir de hambre por ausencia total de estímulos y movimientos. En el caso de Graham, como cuenta Helen Thomson en un magnífico reportaje en New Scientist, acudió a su médico con la convicción de que su cerebro había muerto tras el intento de suicidio.El paciente se llama Graham, tiene 48 años y un buen día de 2004 se levantó de la cama con la convicción de que había fallecido. Unos meses antes había intentado suicidarse por electrocución, metiendo un cable de la luz en la bañera, y el episodio le provocó una depresión que desembocó en lo que se conoce como síndrome de Cotard. "Es difícil de explicar", asegura. "Me siento como si mi cerebro ya no existiera. Les insistía a los médicos que las pastillas no iban a funcionar porque yo ya no tenía cerebro. Me lo freí en la bañera". Su estado alcanzó tal extremo que Graham salió un día de su casa y se dirigió al cementerio para quedarse. "Solo sentía que debía estar allí", explica. "Era lo más cerca que podía estar de la muerte".
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